jueves, 24 de marzo de 2011

Hacia un Encuentro Interdisciplinario: Patología y Clínica . Francisco Landa R


  

          Resumen


            Un encuentro es posible entre el campo médico y el campo de la psicología clínica orientada psicoanalíticamente. La propuesta de este texto toma como punto de partida la consideración de que  la interdisciplina no puede plantearse como la concurrencia de distintas intervenciones que suman y superponen sus métodos en busca de aumentar la efectividad; por el contrario, toda operación conjunta de saberes diferentes debe partir de una discusión que se pregunte ante todo por la coincidencia de los fines (ética), proseguir por un tejido fino de las articulaciones posibles a nivel conceptual entre ambas disciplinas (teoría), para –sólo por último, y sólo si es posible- arribar a la aplicación conjunta de métodos y procedimientos. Aquí se ensaya en este tenor un abordaje de algunos aspectos  que, desde mi práctica como psicoanalista en la escucha del sufrimiento corporal -en ocasiones ligado a enfermedades terminales-, me parecen ineludibles para plantear una posible confluencia interdisciplinaria entre médicos y psicoclínicos. La hipótesis propuesta es que no es posible plantear una cura del dolor del enfermo, y una preparación para su muerte sin contar con los elementos de una escucha de su voz y de las voces que hablan a través de su padecimiento, pero asimismo una escucha de la voz del pathos de curar que nos habita a quienes incursionamos en este campo.


1.      De la clínica de la mirada y la clínica de la escucha


 En la Grecia antigua, no era poco común que un médico recibiera a un extranjero enfermo. El no compartir la misma lengua implicaba una dificultad insalvable. En tales casos, el médico debía ensayar “otra” medicina: aquella que tuviera como fuente de los datos a considerar solamente la observación cuidadosa de los signos del cuerpo. No se contaba con la más valiosa herramienta para la formulación de un diagnóstico: el relato del paciente. Atender a un extranjero representaba un reto para la sagacidad del médico, para su capacidad de observación rigurosa y para su pensamiento inductivo. Pero también representaba una pérdida.
Medicina de extranjeros y de ciudadanos se practicaban de manera diferenciada.[i] ¿Qué podemos pensar a partir de esto? Les propongo una idea: Que el dolor habla, y es fundamental escucharlo.
El filósofo E. Nicol propone una traducción interesante para nuestro sufijo “logos, -logía”, que tan acostumbrados estamos a pensar como “tratado, estudio”: Él nos dice: logos es la voz. Les propongo que me concedan en esta lectura la libertad de traducir el logos presente en patología así, como “la voz...” la voz de pathos (que luego traduciremos también).
El dolor, les decía,  habla, y la medicina de ciudadanos, la medicina “completa”, por decirlo así, no puede prescindir de la escucha de la voz de aquel que sufre, que reporta el dolor.
Digamos como primer argumento que simplemente porque el prescindir de los elementos contextuales sobre la vida del paciente, la forma del dolor, los datos de frecuencia de los síntomas, que sólo nos pueden ser asequibles mediante el discurso del paciente –o de alguien de los suyos-.
Pero hay otro argumento que considero más pesado, más determinante. Tiene que ver con  definición de pathos. Esta palabra remite a un interesante campo semántico en nuestro idioma, que incluye: pasión, pasividad, padecimiento. A primera vista resulta extraño pensar que las tres palabras tienen algo en común, pero un pequeño análisis nos revela su parentesco: tanto aquel que es aquejado por una enfermedad como aquel que es presa de alguna pasión tienen en común justamente, encontrarse en una posición pasiva ante un agente externo que lo ha raptado. Tomados por el amor, por ese hermoso ser que se nos ha metido por los ojos; tomados por el virus, la infección, la discapacidad que se nos ha impuesto sin así haberlo elegido...
El ser pasivo, el ser pático, es habitado por la pasión como algo que, aunque pueda apropiarse, le viene de fuera, y se le ha impuesto limitado su autonomía y su poder de decisión y acción. La única potencia que le es accesible es la de dejarse cambiar, modificar su forma a partir de la acción del agente pático.

“Debemos contar con pathos. Debemos también aprender a sacar provecho de él. Sacar provecho de él significa transformarlo en experiencia, o sea, no sólo considerar pathos como un estado transitorio, sino también como algo que acrecienta o enriquece el pensamiento (...) Cuando eso sucede, pathos se transforma en patología, o sea, un discurso sobre el sufrimiento, las pasiones, la pasividad.”[ii]

El único medio que tiene una persona para enfrentarse a una situación en la que ha sido arrollado por una pasión  o por una enfermedad es pues, si no tiene los elementos para evadir la acción del elemento que se apodera de él, al menos la elaboración experiencial, donde

     “Experiencia aquí adquiere el sentido preciso de enriquecimiento, o sea, la experiencia es la posibilidad de pensar aquello que aún no ha sido pensado.”[iii] “Experiencia es la memoria reflexiva”[iv]

      Vemos aquí perfilarse ya lo que les he anunciado como la diferencia entre la clínica de la mirada y la clínica de la escucha. Clínica (de kliné, inclinarse –hacia aquel que está herido, postrado o dolido-), es una palabra que nos habla de un gesto, de una postura que ilustra un deseo de acercarse al lugar del que sufre. Si inclinados hacia el que sufre lo observamos cuidadosamente, y tras un detallado análisis de lo observado, le entregamos un tratamiento en silencio, hacemos clínica de la mirada. Clínica basada en evidencias. Si en contraparte recibimos un relato de cómo el sufriente vive su enfermedad, su padecer (su pasión), y si dejamos que se despliegue la voz del dolor, estamos haciendo clínica de la escucha.
            Ambas, hay que aclararlo, deberían ser pensadas como indisociables, al menos en el campo médico (el psicoterapéutico impone otras condiciones). Y aunque pareciera que la clínica de la mirada es la imprescindible, como la medicina de extranjeros griega lo muestra (se puede curar el cuerpo aún sin hablar con el paciente), la propuesta de este texto es que sin el complemento de la clínica de la escucha no es una clínica completa.
¿Porqué? Ante todo por una razón fundamental: Si practicamos solo la clínica de la mirada, estamos dejando a un lado la dimensión de la relación pática del ser humano con lo que lo aqueja, y lo más importante: estamos olvidando la importancia crucial que tiene la conversión del pathos en experiencia para poder sanar.
            La enfermedad terminal es un ejemplo claro de esto. El paciente que tiene gran probabilidad de morir en corto tiempo, de una enfermedad ante la cual la medicina no cuenta con una cura, se enfrenta a un impasse: el agente pático amenaza con borrar completamente su existencia. Si permitimos que la voz del dolor hable, que el paciente elabore, recree, signifique, en último caso dé sentido (incluso un sentido epopéyico, mítico  o místico) a su relación con el agente invasor, estaremos al mismo tiempo generando la posibilidad de que pathos se trasforme en experiencia. El sujeto que elabora su experiencia pática, al enriquecerse con la elaboración experiencial, ejerce la potencia implícita en la pasividad: cambiar, dejarse cambiar.
Quizá el moribundo no pueda sanar, ni le sea posible manifestar su potencia activa moviéndose, cambiando su entorno, ni su propio cuerpo. Pero mediante la elaboración discursiva de su padecer, podrá quizá antes de morir, y a partir de su enriquecimiento al enfrentar su estado, llegar a convertirse en otro, cambiar y enriquecer su ser a partir de esta experiencia.
            Pero me parece que lo mismo vale para cualquier enfermo, quizá incluso aún más para el que es aquejado por un padecimiento crónico: ¿Cómo podría dejar de empeorar, de recaer, incluso de aparentemente “provocarse él mismo el mal” quien no puede acceder a una historización, a una experienciación de su pathos –incluído recordemos lo que esta palabra implica de pasión, de relación amorosa- con su enfermedad?
            Para concluir este primer avance hemos de consignar una cosa  más: si hablamos de una clínica de la escucha, y cuando nos referimos a ella decimos que el pathos puede devenir experiencia, no podemos soslayar que hay una condición: que alguien pueda escuchar la voz del dolor:

Pathos se convierte en una prueba, y como tal, sólo a condición de que sea oída por un médico, porta en sí misma el poder de la cura. Eso nos muestra inmediatamente la posición del terapeuta. Pathos nada puede enseñar, por lo contrario, conduce a la muerte si no es oído por aquel que está fuera, por aquel que (...) se inclina  sobre el paciente  y escucha esa voz única disponiéndose a tener así, junto con el paciente, una experiencia que pertenece a los dos”[v]


2.      Vocación de curar, pathos de curar.


La relación entre pathos y experiencia no sólo es aplicable a la posibilidad del paciente
de expresar una potencia, una virtud[vi] y salir del estado pasivo al que la enfermedad lo reduce. Aquí les propongo pensar bajo la misma lógica la relación de los médicos y psicoclínicos con el pathos que nos define: la vocación de curar.
            La palabra vocación significa llamado: Elegir una práctica, una profesión, es responder a un llamado que representa un pacto, un contrato de nuestro psiquismo con el grupo cultural al que pertenecemos. Seremos reconocidos e identificados a cambio de entregar nuestro quehacer a la comunidad para ocupar el lugar de una voz que se ha apagado[vii]. Al responder a una vocación, nos hacemos portadores de ciertas voces de la historia, de las tradiciones, las cuales hacemos perdurar.
            Pero responder a una vocación también implica un diálogo con otro tipo de voces, más íntimas, voces que hablan de la historia temprana de cada uno, de la infancia y la familia. Nos dice la pediatra y psicoanalista F. Dolto:

            “La simpatía humana por los que sufren, origen de la elección de la carrera médica, es una sublimación que deriva directamente de la inquietud ante nuestro propio sufrimiento, sentido inconscientemente en el curso de nuestro desarrollo si estamos dotados de una sensibilidad que nos hace más vulnerables que a otros. Entre los medios de defensa empleados frente a este sufrimiento, uno de ellos y el más logrado es el interés  por aliviar el sufrimiento de los otros. Pues este interés en su origen no puede desprenderse más que de la proyección sobre los otros de lo que se experimenta en sí mismo.”[viii]
           
            La vocación de curar el dolor es pues en gran parte determinada por nuestra propia historia y nuestra inclusión en una familia, una cultura. Y por nuestro enfrentamiento con el dolor y el trauma en los primeros años. De esta manera, dedicarse a la clínica es también un pathos: algo externo a nosotros, bajo la forma de una voz destinal se nos ha impuesto, nos ha modificado, y le hemos dejado hacer: hemos permitido que ese algo nos vaya transformando en otros: médicos, psicólogos, psicoanalistas. Cuando decimos que nos apasiona nuestra carrera, nos referimos quizá sin saberlo a esta rica relación con nuestra vocación, por la que nos dejamos llevar en una relación de amor-odio equiparable a las que establecemos con nuestras otras pasiones: a veces dejándonos habitar, a veces rebelándonos contra ellas.
            La pregunta que quiero establecer a este respecto atañe a lo desarrollado en el apartado anterior: ¿En qué medida somos capaces de elaborar nuestro ser tomados por el pathos de curar – y por nuestro propio dolor- para conformar una experiencia, generar un enriquecimiento?
            Lo que hemos concluído en en primer apartado es que una persona puede estar habitada por un pathos y que nunca se dé una escucha del logos, de la voz de ese pathos. uno puede estar habitado por una pasión y nunca llegar a formularla como experiencia. Incluso ser llevado a la muerte por ella sin haber establecido una interlocución tomando la palabra como sujeto autónomo y deseante.
            ¿Cómo lograr que nuestro destino de sanadores no sea algo vivido pasivamente, dejándonos llevar por la inercia de una formación y de una práctica en donde el lugar de nuestro ser y de nuestra palabra –nuestra palabra sobre el dolor- queden acallados y eclipsados por los imperativos de efectividad, por las identificaciones imaginarias de status y supuesto-saber?
            Sé que estoy abordando una temática compleja y delicada. Para transmitir con mayor claridad esta idea me detendré en un ejemplo, una situación común en la práctica hospitalaria.
 A un paciente se le ha detectado cáncer avanzado, y se le debe comunicar el diagnóstico. ¿Cómo decirselo, cómo comunicarle, con qué palabras, el hecho de que es presa de una enfermedad con un muy probable desenlace terminal? El médico se encontrará ante una situación incómoda, debe mostrar su rostro, poner su cuerpo frente al paciente y su familia, actuar con todo su ser frente al dolor de aquellos que esperan de él una palabra definitiva.
            ¿Qué hago aquí, cómo debo proceder?, pensará el joven practicante, y apelará en algún sitio de su pensamiento a alguna referencia deontológica y metodológica: que alguien por favor le indique el procedimiento, qué es lo adecuado en estos casos.
            Desde nuestro punto de vista, la dificultad de dar la cara ante el dolor del otro no es un asunto reducible a una deontología. Se trata en cambio de una pregunta ética, en el sentido que sigue:
            No se puede enfrentar el dolor del otro –como un profesional de la salud- si no se ha enfrentado la relación con el propio dolor,[ix] si no se ha interpelado la propia vocación y se ha construido una experiencia a partir de ese pathos de curar. La virtud efectiva del  clínico  tiene que ver con aplicar la terapéutica correcta en el momento correcto (kairós). Pero la virtud ética del clínico tiene que ver con saber desde dónde se toman las decisiones: con un conocimiento profundo del lugar, de la propia posición ante la vida y la muerte cuando se da la cara al dolor del otro.

“Nuestra vocación no nace del querer estar junto al que sufre, sino por el contrario, de saber que con nuestra intervención médica podemos mejorar su calidad de vida y muerte. Esta experiencias puede ser tan satisfactoria en cuanto a la realización personal, que es en sí misma la que ayuda a salvar los momentos personales más difíciles. En resumen, nos exponemos al dolor no como simples observadores, sino con la finalidad de aliviarlo. Hay que conocer cómo vamos a reaccionar nosotros mismos ante el dolor y ante distintas situaciones de conflicto. Tengo que resolver el modo como veo mi propia vida  y enfrento mi propia muerte antes de poder acompañar efectivamente a otro...”[x]

            No se puede enfrentar el dolor del otro sin haber enfrentado el propio, construyendo de ésta gesta una experiencia, un saber, que puede ser más o menos teórico, pero sobre todo de carácter mito-poético epopéyico.[xi]
            Si no hay un trabajo de experienciación del propio pathos, el dolor del otro, del paciente ante el cual nos inclinamos, puede convertirse en una amenaza ante la cual nuestro psiquismo intentará lógicamente una defensa, que puede manifestarse como una asepsia comunicativa (evitar hablar de ciertos temas), o como una anestesia afectiva (evitar el contacto consciente con los afectos empáticos). Es una reacción normal de la función del Yo preservar las funciones de percepción-conciencia y raciocinio de la confusión y la disolución: ante el peligro de perder el control al entrar en contacto con el dolor del otro, trataremos de permanecer en el campo imaginario de nuestra “función profesional” y de la “neutralidad”.
            Pero ello solo ocurre si el dolor del otro nos remite a una forma de relación sufriente, no elaborada como experiencia, vivida como impotencia, con nuestro propio dolor, con nuestro propio pathos.
            Volveremos a esto en el último apartado.
           

3.      Angustia, amor y muerte


Ante el dolor como manifestación fisiológica, la farmacología y la medicina cuentan medios de acción. Ante el dolor como sufrimiento psíquico, médicos y psicoclínicos debemos trabajar conjuntamente, pues se trata de un campo muy complejo.
El sufrimiento psíquico se muestra en una formación particular que conocemos como angustia. A diferencia de la ansiedad y de otros malestares, la angustia refiere a un estado parecido al pánico, a un miedo indiferenciado e inombrable, que va más allá de las causas aparentes que en la realidad podrían causarlo. La angustia es un afecto que amenaza directamente al Yo como formación psíquica encargada de mantener la unidad imaginaria del sujeto y su identidad social. Nuestro Yo, que nos conforma pero que no equivale a todo lo que somos, siente angustia cuando se ve en peligro de mutilación de una de sus funciones (motilidad, pensamiento, utilización autónoma de los sentidos), o cuando de plano le amenaza la disolución total. La angustia también se presenta cuando el Yo se ve descalificado por las instancias morales, al efectuar alguna conducta vergonzosa, o al no responder a una expectativa, a un Ideal al que se creía identificado.
Ante la enfermedad grave, ante la inminencia de la muerte o de la devastación del cuerpo, la angustia sienta sus reales  en el ámbito clínico. Al corresponder a estados de los que el Yo no puede dar cuenta, que no puede representar con palabras, al remitirnos a un más allá de lo que creemos y sabemos ser como sujetos del lenguaje, el estado angustioso es un material difícil de identificar, de aprehender y de maniobrar. Además, suele manifestarse en una lógica de contagio particular: Un sujeto angustiado suele desencadenar la angustia de los que le rodean, ya sea porque se con-funden con la sensación de peligro pánico[xii] que él está viviendo, o porque se sienten culpables de no poder responder a su dolor.
La angustia es pues un tema central si queremos abordar la clínica desde un punto de vista pato-lógico como el que venimos planteando. Hemos dicho que una clínica de la escucha, complementaria con la de la mirada, debe dar lugar a la aparición de la voz del dolor como elaboración experiencial, activa y virtuosa del sujeto ante la invasión de su existencia por un elemento exterior que lo avasalla. Hemos dicho también que el médico y el psicoclínico, para estar en condiciones de acercarse al dolor del padeciente como algo más que técnicos de la salud del organismo, deben elaborar su propio pathos de curar, gestado en la relación con las propias vivencias de dolor. ¿Qué quiere decir ésto? Que la angustia es el aspecto negativo a trabajar si se trata de la clínica del dolor y el sufrimiento psíquico.
¿A qué nos referimos con negatividad? Debe ponerse especial atención a que la angustia no es un estado “malo” que habría que evitar. No es ese el sentido de negatividad que quisiéramos transmitir. La angustia, por el contrario, es una reacción humana al riesgo de la disolución de las funciones yoicas del sujeto.
El asunto que nos plantea la angustia no es el de su eliminación o su evitación, sino el de qué pregunta nos representa. Y me parece que la pregunta, el enigma que nos deja la angustia es: ¿Qué somos más allá del Yo?        
Desde mi punto de vista, el psicoanálisis como práctica y como teoría plantea la posibilidad de transitar ese enigma. Pero no sólo en esta disciplina es asequible su abordaje: la mayor parte de las tradiciones espirituales, míticas y religiosas con que contamos se acercan a su planteamiento desde otro punto de vista. Mi impresión es que quienes estamos habitados por el pathos de curar estamos en posibilidad de recurrir a alguna de las tradiciones que brindan tiempo y espacio para hacerse esta pregunta, que he descrito en términos puramente psicológicos ¿Qué soy allí donde dejo de existir como un yo unificado, autónomo y pensante?
Hemos dicho párrafos atrás, de manera muy apresurada que la voz del dolor, o el dolor como voz sólo aparece cuando hay alguien dispuesto a escucharlo. Y es que precisamente, al estar el dolor extremo siempre acompañado de la angustia como posibilidad, no es en absoluto fácil proponer su escucha. La angustia suele funcionar como un agujero negro que –como aquellos que en el universo engullen la materia- engulle el sentido que se intenta formar en torno a él. Por ello, una clínica de la escucha, sobre todo en los casos de enfermedad terminal, o de la clínica del cuerpo lastimado[xiii] sólo podrá realizarse por médicos y psicoclínicos que hayan hecho una travesía por la pregunta sobre su propia angustia en relación con su Yo. Hay autores como Dolto que proponen que todo médico debería psicoanalizarse. Yo me restringiría a proponer un tránsito por ese cuestionamiento en algún espacio protegido que su grupo cultural le ofrezca. Y por lo que toca a los psicólogos clínicos, no dejaré de insistir en la necesidad, soslayada siempre en la formación universitaria, de que cursen una terapia profunda.
Por otra parte, en el último apartado hablaremos de los espacios que pueden ser pensados para la elaboración conjunta de la angustia en el ámbito hospitalario.
Pero antes de llegar a ese punto, debemos añadir algo más respecto a la escucha de la voz del dolor. Como se desprende de lo recién mencionado, no solo es requerido que el tratante, -el patólogo, en el sentido que proponemos- cuente con un pasaje experiencial por su propia angustia.
Así como el que atiende el sufrimiento humano debe contar con un lugar de elaboración, sea un psicoanálisis, un espacio religioso, creativo o espiritual  de otro tipo, también la escucha del paciente por el médico o psicoclínico exige un encuadre particular.
            La lógica del hospital impone sin embargo exigencias que es difícil eludir y que dificultan el sostenimiento de este tipo de espacios: Los médicos y psicólogos deben responder ante los pacientes, sus familiares, sus superiores y sus colegas y compañeros, y además ante sus propios ideales por un trabajo efectivo contra la enfermedad. Dentro de las múltiples demandas que debemos sumar a esta lista se encuentran por supuesto las directrices morales que exigen del médico una labor humanitaria y amable. En el marco de todo esto, sobre todo en  los hospitales públicos, una sobresaturación de trabajo que orilla a la atención de cada paciente en  los más breves minutos.
            Todas estas expectativas, estas demandas cruzadas generan un campo  tensional que dificulta la posibilidad de que aparezca una dimensión de escucha de la voz del dolor. Escucharla, hacer pato-logía, implica entrar y comprometerse en un espacio de hospitalidad y amor transferencial en el que el ser de ambos, tratante y paciente, participa en un enriquecimiento experiencial compartido que debe mantenerse tanto como sea posible al margen de las exigencias de curación efectiva. Se trata de un espacio de significación, de generación de sentido en el que los dos participantes dan forma a su pasaje por la angustia de enfrentar la muerte y la devastación, cada uno desde su lugar. En ese encuentro el médico no tendrá que hablar al paciente de su propia experiencia, más que en momentos privilegiados, si él lo decide. Pero podrá ofrecer  -además de su saber-hacer propiamente terapéutico-  una compañía que proporcione contención y posibilidad de elaborar el pasaje por la angustia.  En este acompañamiento,  dar la cara podrá representar quizá algo muy simple: tan solo la presencia silenciosa, la toma de la mano, la mirada solidaria. Se trata de un  nivel de la cura diferente al que estamos acostubrados a pensar: aquel que el filósofo M. Heidegger llamaba la sorge: curar en el sentido de cuidar el ser.[xiv]


4.      Posibles articulaciones, nuevos espacios.


Establecer un campo común de referentes éticos, que preparen un posible sentido común para médicos y psicoclínicos del trabajo en hospitales resulta complejo y es necesariamente una tarea extensa, pues exige la mayor claridad posible. Hemos intentado a lo largo de este texto proponer también algunos conceptos –o algunas traducciones de conceptos- que puedan servir como referentes teóricos, como conceptos compartibles por ambas prácticas. En este último apartado presentaremos algunas propuestas para abordar la articulación interdisciplinaria en su otro nivel: el metodológico.
¿Qué trabajo pueden realizar juntos, proponiéndose conjuntar la clínica de la mirada y la clínica de la escucha, un psicoclínico y un médico?
Una primera propuesta consiste en revalorar el lugar de una inapreciable aportación de la tradición médica: la anamnesis. Este instrumento representa el lugar por antonomasia para la escucha de la voz del dolor. En mi experiencia de trabajo con un grupo de médicos,  psicoanalistas y acompañantes terapéuticos, he constatado el valor de contar con un relato hitórico del dolor que incluso abarque dos generaciones atrás del paciente identificado. Es sorprendente para el investigador, y llega a tener efectos incluso de remisión de enfermedades graves para los pacientes, descubrir que el pathos de las vías digestivas, respiratorias, de los órganos reproductores, etcétera, se ha enlazado como hiedra en el árbol familiar, aquejando de distintas formas a sus miembros. Acompañando a la trasmisibilidad genética, o en gran parte de los casos sin que ésta exista, puede a partir de una escucha detallada hacerse patente la concomitancia de la aparición de una forma de enfermar con una forma de lo que los psicoanalistas llamamos gozar[xv]. Al hacer esta lectura se evidencia que los accidentes y enfermedades que han llevado al paciente al hospital, a veces al borde de la muerte,  se encuentran muy enlazados con la manera en que éste sujeto, en su historia familiar se ha  relacionado con el placer y con la pulsión de muerte, entendida como la tendencia a eliminar el deseo y su tensión. Existe pues una zona en la que aparentemente se contradice nuestro deseo “natural” de vivir, y, en la lógica de pathos, los seres humanos tendemos a lastimarnos y a enfermar como una forma de poner en acto, de mostrar algo en nuestra historia que no podemos expresar de otra manera: un pathos que no ha tenido voz, que no ha sido escuchado.
El efecto curativo de la historización de la enfermedad, que equivale a lo que hemos llamado la elaboración experiencial, de pronto aparece como mágico y provoca escepticismo en quienes buscan evidencias concretas. Pero se debe en esos casos a algo muy simple: ha habido un médico y/o un equipo tratante que han invitado a esa voz silenciosa, enquistada en un cuerpo, a hablar.  Remitimos para este tema al trabajo ya citado de Fernández, H, así como a la investigación que el Mtro. Alfredo Flores lleva a cabo en la Universidad Nacional Autónoma de México campus Iztacala[xvi].
¿Hasta dónde podemos pensar la colaboración entre el médico y el psicoclínico en la construcción de estos ejercicios de anamnesis ampliada y en su consecuente análisis? En esta área me parece que los ateneos clínicos en los que cada tratante participa en términos de igualdad, son el mejor espacio para enriquecer la visión de cada uno de los ellos y acercarse a una visión pato-lógica integral del caso.
El aprendizaje de la jerga usada por otras disciplinas debe darse por supuesto en el estudio de textos o en cursos de capacitación, pero lo más importante no es convertirse en experto en campos distintos al nuestro. Lo más importante, me parece, es el encuentro humano en el que cada profesional trata de comunicar, de la manera más clara posible, con palabras simples y llanas, su apreciación de los elementos en juego en el desarrollo de un padecimeinto en cierto paciente y su visión sobre el pronóstico y la terapéutica. De la misma manera, expresar claramente, sin temor a la descalificación narcisista, los límites de la propia comprensión.
Esto último es crucial: pues suele ser ahí donde el saber de los expertos hace silencio, donde resulta necesario acudir con el paciente a proseguir la tarea:  retomar el hilo de esa voz de pathos, que seguramente tiene algo más que decir.
Como pueden darse cuenta, de esto último se desprende que la anamnesis se entiende aquí como una labor conjunta de los diversos profesionales involucrados en la atención del paciente, pero además del paciente mismo como investigador de su propia relación con su enfermedad.
De hecho, el centro mismo de esta construcción conjunta de un sentido del padecimiento es el paciente. De hecho, de darse el caso de discrepancias insalvables entre diversos especialistas en torno a qué tratamiento debe asignarse, es la voz del paciente la que, contando con la información suficiente, debe ser concluyente. En términos del psiquiatra brasileño J. Freire, se trata de una propuesta que privilegia una ética de la interlocución por sobre una ética asistencial, dejando ésta última para casos límite en los que el paciente no se encuentra en condiciones de decidir.[xvii]
            Además del trabajo de historización de la enfermedad, teniendo como eje la anamnesis médica,  existen otras posibilidades de trabajo conjunto cuya aparición dependerá de los actores particulares en cada hospital, así como de las condiciones que imponga el contexto institucional. Pienso por ejemplo en espacios y dispositivos como talleres de historización de la vocación de curar, espacios de contención para el equipo tratante (en los que se hable de la implicación personal ante momentos críticos de los pacientes); o bien de formas más académicas como cursos especiales de medicina para psicólogos, de psicología para médicos, etcétera.
            Las posibilidades que aquí se esbozan representan experiencias que son llevadas a cabo ya por algunos colegas en distintos centros hospitalarios[xviii]. Desafortunadamente, este trabajo es realizado de manera aislada y desarticulada, y depende más de iniciativas y esfuerzos grupales que de estrategias institucionales. Sin embargo, creo que vale la pena tratar de poner en contacto estos intentos, de sostenerlos por lo que representan, de apostar por ellos. Una red médico-psicológica de formalización de la experiencia y de elaboración teórica interdisciplinaria espera ser puesta en marcha.
            Las dificultades seguramente son grandes, pero quizá valga la pena perseverar en el intento. La posibilidad de que una clínica de la escucha recupere su lugar junto a la clínica de la mirada, de que el dolor de los enfermos pueda convertirse en una experiencia de curación, no podrá pensarse sino a condición de que nuestra voz, nuestras experiencias de trabajo sean escuchadas, más allá de que la lógica de nuestra formación o de nuestra práctica (clínica o académica) suela por su naturaleza excluir nuestra historia, nuestro pathos, y sobre todo nuestra voz, en aras de un privilegio del “desempeño de calidad”.
            El trabajo con el sufrimiento extremo, con la muerte, y la cercanía con la angustia como manifestación límite de lo humano, nos deja sin embargo, ineludiblemente, una pregunta por nuestra vocación y por la posición que tomamos ante los otros a partir de nuestra propia finitud. Podemos permanecer en silencio ante esa pregunta. O podemos permitir que responda una voz..

                                                                              Santiago de Querétaro, Diciembre de 2003.




§ Francisco Landa R.
Psicoanalista, Dr. en Psicología.
Especializado en padecimientos psicosomáticos en adultos y niños.
 Docente investigador del Centro de Estudios Psicoanalíticos Mexicano A.C.
                                                                            Atención clínica en las ciudades de México y Querétaro Cel. 442 157 97 52
landaziz44@yahoo.com.mx

.




                 
[i]               Platón, Las leyes.
[ii]              Tosta, M.  (1998) O que é psicopatología fundamental  En Revista latinoamericana de psicopatología fundamental  Vol I, # 1, Pontificia Universidade Católica de Sao Paulo, Brasil, p54
[iii]              íbid, p. 57
[iv]              Garibay, R. Comunicación personal.
[v]                      [v] Íbid|Tosta, M. , op. cit, p. 55
[vi]              En su origen, la palabra virtud deriva del latín uir, referene a la potencia viril. Ver Quignard, P. (2000) Le sexe et l’effroi. Gallimard, Francia.
[vii]             Cf. Aulagnier, P. (1977) La violencia de la interpretación. Amorrortu eds, Argentina (ver cap. 4 El contrato narcisista)
[viii]            Dolto, F. (1989) Seminario de Psicoanálisis de Niños, Siglo XXI, México. P.53
[ix]              Por supuesto aquí concebimos al dolor como un vivido por el sujeto psíquico como anticipación de su finitud y de su muerte.
[x]              Testimonios de Médicos que atienden pacientes terminales. Investigación parte de la materia Intervención Psicológica a pacientes terminales. UVM-Querétaro.
[xi]              Tosta, M. Op. Cit.
[xii]             La palabra pánico remite a “lo que está en todas partes”.
[xiii]            Recomendamos en este campo la lectura de Fernández, H. (1999) La clínica del cuerpo lastimado: una e(ró)tica. www.psiconet/relatos2
[xiv]            Heidegger, M. (1980) Ser y Tiempo. Fondo de  Cultura Económica, México. Para este filósofo, el ser es un enigma abismal común a todos, cuyo cuidado compartimos los hablantes.
[xv]             Goce: En el deseo la pulsión y la necesidad deben pasar por el lenguaje y la Ley que regula los intercambios entre los seres humanos. En el goce, en cambio, se toma un camino corto, incluído el autoerótico, en el que la libido circula sin ser regulado su intercambio. Esto incluye formas de relación autodestructiva con el propio cuerpo –en zonas privilegiadas de circulación libidinal- donde el deseo muestra su forma límite: buscar su propia eliminación
[xvi]            www.iztacala.mx.unam/investigacion.
[xvii]            A este respecto ver: Landa, F (1999) Ética y teoría del sujeto en las prácticas de transformación subjetiva. En: Jacobo, Z (comp) El sujeto y su odisea. UNAM, México, donde se discuten las tesis de Freire.
[xviii]           Ver Quiroz, F (2003) ¿Puede llevarse a cabo una intervención psicoanalítica en un centro hospitalario? Centro de Estudios Psicoanalíticos Mexicano, A.C. Inédito.

jueves, 6 de enero de 2011

El amor después del divorcio (Artículo de difusión) por Francisco Landa


¿Cómo describir la catástrofe que representa la pérdida de un proyecto de pareja, el desprendimiento del cuerpo del ser amado, la reorganización forzada de las actividades de crianza, la caída de la confianza en sí, en el otro sexo y en el amor? Hay personas para quienes la situación se convierte en una guerra prolongada y destructiva; en otros en una depresión profunda; por último están aquellos que se hacen fuertes, pero no logran establecer vínculos duraderos y de confianza, refugiándose en el trabajo, los hijos, la disipación, etcétera. 
La separación siempre es un trauma, ya que reacomoda nuestro lugar familiar y social, así como nuestra definición como hombres y mujeres. 
Encontrar el amor después del divorcio, y además vivirlo de una manera plena y diferente es una meta ambiciosa, requiere un gran esfuerzo de reconstrucción personal. Pero es posible. Te presento algunas ideas de cómo puedes entrar en el camino para lograrlo: 

1. Busca ayuda adecuada 

Familia y amigos. Es prudente que busques la compañía de aquellos amigos y familiares que te hagan ver tu fracaso como una experiencia para aprender de ella y crecer. Busca a quien con cariño y paciencia, pero con firmeza, te diga tus verdades, y te ponga el alto cuando te quejes, te castigues, odies. Toma sana distancia de aquellos que por cariño se conviertan en cómplices de la depresión o el resentimiento. 
Auxilio espiritual. Es importante que encuentres un espacio de acogimiento espiritual que te permita encontrar el perdón hacia el otro y hacia ti mismo, recobrar la fe y la confianza en la vida. 
Psicoanálisis. Si quieres entender cómo llegaste a aquella situación de sufrimiento y ruptura, si ya no quieres repetir formas equivocadas de relacionarte, si quieres aprender a pensar y actuar de otra manera, puedes acudir a un psicoanalista. Busca una referencia de confianza. 

2. Termina la guerra 

Si te quedas atorado en estos tres papeles: La víctima (´me abandonaron´); el victimario (´voy a hacerle pagar´) o el superhéroe rescatador (‘puedo con todo y contra todos’), quedarás en un estado de guerra y no podrás crecer. 
Descubre que la verdadera guerra es contigo, para cambiar y ser mejor. Asúmela con disciplina, persevera, no te contentes con el alivio inicial. Sigue un camino espiritual, lleva un proceso terapéutico, cuida y ejercita tu cuerpo. 
Cuando empiezas a tomar acciones para ser mejor, viene una gran alegría y tranquilidad. Conviertes tu vida en un camino de aprendizajes, en una sorpresa constante, en una sucesión de nuevos encuentros y experiencias. Cuando ocupas menos energía para deprimirte y hacer la guerra, dispones de más para tener experiencias felices y compartirlas. Ese es el mejor regalo para tus hijos. 
Cuando sientas que estás lleno de paz, amor, alegría, estarás listo para compartirlo y en esta medida recibir lo mismo para ti. Estarás listo para volver a amar.

jueves, 9 de diciembre de 2010

Nuevo artículo de Francisco Landa

Hacia la formalización del lazo terapéutico como herramienta para el encuentro clínico con la presubjetividad.
Por Francisco Landa R.
(Texto ganador del Concurso de Ensayo Pierre Fédida de la Asociaçao Universitaria de Pesquisa em Psicopatologia Fundamental, Brasil, Edital 2010 – psicopatologiafundamental.org)

A Jean-Max Gaudillière y Francoise Davoine, en gratitud por su enseñanza.
A Alba Rosa Alvarado, por su generoso apoyo.

  1. Lo terapéutico y lo psicoanalítico
En cierta tradición psicoanalítica la noción de terapéutico cobró por mucho tiempo un matiz peyorativo: se decía que aquel que pensaba operar terapéuticamente lo hacía respondiendo a la demanda de curación entendida como eliminación del síntoma, conversión adaptativa del sujeto, identificación imaginaria del clínico con el paciente.
En efecto, este tipo de intervención entendida así, en el límite, se hallaba lejos de corresponder al modelo clínico freudo-lacaniano. Sin embargo, el rigorismo ético de los críticos terminó por eclipsar otros sentidos de la noción, y con ello por estrechar las fronteras de la acción clínica, construyendo además entre personas con diversas formaciones barreras infranqueables que obturaron para muchos, y por mucho tiempo, toda posibilidad de diálogo.
Otra lectura de la palabra terapéutico es posible. Si recurrimos a la filología, hallamos que el griego antiguo therapôn­­ designaba al compañero de guerra, al guerrero amigo que cubría las espaldas y rescataba en los trances más complicados. Igualmente, este término se refería a la persona que hacía de doble ritual en los funeralesi. Es decir, el therapôn era aquel semejante capaz de acompañar de una forma leal y protectora en el campo de batalla, así como en el trance de la muerte.
De esta manera, el sentido antiguo de la palabra nos remite a una posición clínica particular: la del que atiende un pathos extremo, el pathos del riesgo de la disolución subjetiva. Tosta ii, nos enseña que en la Grecia antigua, la diferencia entre el médico de ciudadanos y el médico de extranjeros radicaba en la imposibilidad del segundo, por la barrera de la lengua, de escuchar un logos, un discurso que pudiera convertir el sufrimiento pasivo en experiencia activa. Para ilustrar en este contexto semántico lo que representaría la posición del therapôn como clínico que se ocupa del caído en la guerra o ante la muerte, diríamos que se trataría de un médico de ciudadanos, situado frente a un ser humano que en otras condiciones podría tomar la palabra y formular un discurso patológico, pero que debido a diversos factores no se encuentra en ese momento en posibilidad de hacerlo. Ese médico de ciudadanos debe entonces hacer uso, aún con quienes viven en su lengua, de medios clínicos diferentes a los que acostumbra usar con sujetos capaces de elaborar una experiencia mediante el discurso. A medio camino entonces entre la clínica de la mirada, carente del recurso de la palabra, dependiente de la lectura de lo que el cuerpo dice en silencio, y la clínica de la escucha, que supone un sujeto capaz de hacerse cargo de la tarea de historizar iii, lo terapéutico podría describirse como una clínica de los estados presubjetivos, que podemos definir como los estados psíquicos donde podemos suponer bien la preexistencia, bien el posible advenimiento futuro de un sujeto que sin embargo, por el momento, no se encuentra allí, al menos en tanto un yo en posibilidad de hacer la narrativa de su pathos.
El campo fenoménico al que nos referimos en muy amplio: pensemos por ejemplo en la recepción en nuestros servicios clínicos de bebés o niños muy pequeños en sufrimiento psíquico. Ellos ya se encuentran insertados en la red lingüística de su comunidad, de hecho su sufrimiento suele deberse justamente al lugar que han venido a ocupar en esa red; pero en tanto aun no se constituyen como personas con posibilidad y derecho pleno de uso de la palabra, nos vemos necesitados de ocupar el lugar de sus therapôn: sus dobles, sus lugartenientes allí donde la condición de guerra (ya definiremos adelante a qué nos referimos con esto en un sentido clínico) pone en riesgo su posibilidad de llegar a ser sujetos de deseo y palabra, a veces incluso su posibilidad de seguir vivos.
Pensemos también, sin perder de vista las diferencias, en quienes se encuentran en situación de psicosis: aquellos cuya confianza fundamental en el Otro está vulnerada pues éste no les ha ofrecido la posibilidad de recibir un reconocimiento que no sea el mirarlos como “el lugar mismo de la castración”iv. En el espacio construido por la psicosis, las palabras no son significantes, sino que cobran el estatuto de representaciones-cosa que no pueden llegar a constituirse completamente como conductores de la pulsión en el intercambio regulado con los otros; así, el logos estallado se convierte en un bombardeo de partículas que vulneran y devastan los agujeros y órganos que en esos momentos no pueden ser descritos como zonas erógenasv.
Pensemos en aquellas personas que debido a enfermedad o traumatismo orgánico, no está en condiciones de tomar la palabra, de recuperar el dibujo de su cuerpo como unidad imaginaria. O en los pacientes que presentan fenómenos psicosomáticos no conversivos, quienes a pesar de conservar intactas las funciones del yo requeridas para tomar la palabra, no son capaces de hacer que esa palabra anude un lazo que invite a la lesión somática a incluirse en las redes del sentido.
Incluyamos, last but not least, a quienes han padecido situaciones violentas, por ubicarse en medio de una situación de guerra social - formal o informal-, en campos relacionales donde el sentido se ha caído dando lugar al nihilismo y eliminando la solidaridad y la lealtad como estilos vinculantes.
Utilizar el término therapôn, venido del vocabulario antiguo de guerra tiene un sentido profundo, en tanto estamos incluyendo -como parte del campo de los fenómenos que derivan a estados presubjetivos- situaciones de guerra no solo en cuanto al fenómeno social conocido con ese nombre. También y sobre todo estamos incluyendo aquellas situaciones en las que el deterioro en los vínculos sociales y las formas de sujetación tienen muchas cosas en común con la guerra como tal: la caída de la palabra de honor, la perversión del lazo entre las generaciones, la crueldad, la cosificación y el no reconocimiento del deseo del otro, la traición a los propios, la ruptura de los mitos y pactos de cohesión colectiva que permiten que el sentido se sostenga. Nos referimos pues a un campo en el que el pacto simbólico se ha resquebrajado dejando su lugar a la diabolización de los cuerpos, los grupos, las narrativas, los lazos (diaboléin: del griego.- separación, dispersión). Es ahí donde se inserta la labor del therapôn.
  1. El clínico en posición de therapôn
Veamos entonces cómo el campo de los estados presubjetivos se diferenciaría del espacio correspondiente al encuentro analítico estándar.
Cuando Lacan formaliza el discurso del psicoanalista, propone la siguiente lógica: El analista, desde un lugar de semblante del objeto causa del deseo (a), se dirige a un sujeto que, concernido y aquejado por su síntoma, confrontado por su falta de ser y saber ($), es llevado a producir aquellos significantes destinales a los cuales respondía sin saberlo (S1). Como resto de esta operación, el analista queda escindido de un saber que en la interpretación tomó el carácter de enunciación verdadera, pero sin referir a una verdad que se pueda enunciar y sostener intersubjetivamente.
El sentido del dispositivo analítico se encierra en esta formulación, en la que la colocación del analista es clave: su formación, su paso por su análisis le permiten colocarse ahí donde no hace eco ni refuerzo de las certezas del yo; donde su silencio y –al usar el diván- su retiro del campo de la mirada le permiten atraer como un imán la producción discursiva llena de falsas certezas donde el ser se busca en el pensar, y educir el saber reprimido que bajo los efectos de la represión solo alcanzaba a asomarse furtivamente en las formaciones del inconsciente.
Quienes desarrollamos una labor clínica en la que personas recurren a nosotros aquejadas por síntomas que los hacen a la vez desear vivir de otra manera y no saber de qué otra manera vivir, comprobamos cada vez que si se aguarda pacientemente el despliegue discursivo, actuando desde la cautelosa contención a responder a las demandas de curación, de fortalecimiento de la persona desde su yo, podemos encaminar el pedido inicial de ayuda hacia el despliegue de un psicoanálisis. A lo largo de éste, y a través de la puesta en efecto de la regla fundamental de la asociación libre, el mundo fantasmático del paciente se desplegará, develando la trama oculta de sus desventuras, precipitando la destitución del sentido en el que colocó sus estandartes identitarios, sus vínculos, sus proyectos y la interpretación de su pasado. Y si todo marcha, se detonará la construcción de nuevos dispositivos pulsionales que, de acuerdo a la propuesta freudiana, le permitirán, dentro de los márgenes del malestar en la cultura, amar y trabajar. Todo esto, debemos insistir, es posible bajo la condición de que de inicio aparezca ante nosotros un sujeto aquejado, un sujeto en discordia consigo, “histerizado”, suele decirse. Tenemos pues que el discurso que Lacan propone para el lazo analíticovi se escribe así:
Analista en posición de semblante a --- $ sujeto capaz de articular una semblante del objeto causa queja
Saber verdadero, no Verdad S2 S1 significante destinal hecho consciente, producido
Ahora bien, quienes desarrollamos además un trabajo clínico en contextos diferentes al consultorio tradicional, laborando por ejemplo en instituciones de asistencia, hospitales, o bien recibiendo personas en situación de psicosis, depresión profunda, anorexia, o bien bebés, sobrevivientes de una catástrofe, de violencia sexual o social, etcétera, sabemos que el dispositivo arriba descrito no puede ser pensado como un referente que se aproxime a describir las características de encuentros clínicos como estos, al menos durante un -a veces muy largo- período inicial. Nos enfrentamos por el contario a realidades clínicas que interrogan profundamente nuestra concepción de la técnica, sobre todo si nuestra formación y nuestro propio análisis siguieron de un modo aproximado los cánones de la ortodoxia. Nos vemos pues frente al reto de reinterrogar a la teoría y de un modo general a nuestra formación para sintonizar el sentido que hemos aprendido a darle al lugar y la intervención del analista, con la realidad cruda de la práctica clínica. Es entonces cuando es posible abrir la pregunta: ¿Qué consecuencias pueden extraídas de la diferencia a la que nos referimos entre la clínica con sujetos del síntoma y personas en estado presubjetivo, hacia la formalización de un modelo que oriente nuestro quehacer?
Comencemos el ensayo de respuesta a esta cuestión esbozando un análisis diferencial de las situaciones clínicas a las que nos referimos. Tenemos varios factores a destacar. Quizá el más importante de ellos se refiere a la posición del enfermo en relación con su pathos. En primer lugar, decíamos ya, el paciente identificado no suele ser el portavoz de la queja. Esta suele provenir de terceras personas, que se sienten incapaces de solventar el vínculo con él: sus familiares, la escuela, los médicos, etcétera. De este modo, en el encuentro clínico no solemos hallarnos sino indirectamente frente a personas que porten una palabra, una posición de voz y rostro detrás de un discurso de queja. En contraste, lo que solemos enfrentar -en quienes se encuentran en estado de sufrimiento extremo- son situaciones de pérdida de lugar subjetivo: sujetos sin habla, sin discurso, sin cuerpo, sin lugar.
Propongo representar esta posición de llegada al encuentro clínico en una matriz similar a la propuesta por Lacan para el discurso del psicoanalista, aunque modificando el orden y lugar de los matemas:
$ ---- a
S1 S2
En el espacio superior derecho tendríamos pues a la persona en posición de caído, situación pática extrema (a). Aquí la asignación del matema a no es en su acepción de causa del deseo, sino de resto: el sujeto identificado con el objeto en cuanto desecho. Referimos para esta colocación el trabajo de Lacan en el Seminario sobre la angustia, particularmente al retomar el caso freudiano de La joven homosexual.vii
Mientras tanto, como puede observarse, proponemos la colocación del clínico como therapôn -a la izquierda, arriba- como sujeto barrado. Este par ordenado $-a muestra la primera base lógica del discurso o lazo terapéutico: en la clínica de las psicosis suele llamarse “inversión de la transferencia”, e implica que el terapeuta debe hacer una primera jugada de aproximación al caído, y esta aproximación no puede ser desde la neutralidad o el lugar del “muerto” –un semblante se objeto desubjetivado-; sino que debe generarse desde su propia subjetividad, que propone un movimiento pulsional activo dirigido eróticamente al que –sin que para muchos casos haya lugar al juego con las palabras- realmente está haciendo el muerto: el padeciente.
Esta posición del therapôn no implica simplemente una aproximación erótico-activa; si nos detuviéramos ahí daríamos razón a quienes previenen de todos los riesgos implicados en una apuesta tal. La posición descrita no puede ser entendida sino en el contexto de lo que se escribe por debajo de esa $ y que alude a su fundamento lógico. Recordemos que cuando Lacan escribe los cuatro discursos propone para el lugar inferior izquierdo la ubicación de una verdad de la que el agente (arriba de ella) está inexorablemente escindido. En este caso, escribimos S1 en ese sitio desde donde lo verdadero opera. Así como en el discurso del psicoanálisis debajo del analista (ubicado como a, agente semblante del objeto causa) se escribe S2 como el lugar de un saber interpretativo que el analista produce pero no se puede apropiar, en el discurso terapéutico -o del therapôn para ser más precisos- situamos una noción diferente: S1, un saber no discursivo, que proponemos relacionar directamente con las nociones de trauma y sobreviviente.
Y es que el therapôn no produce su acción terapéutica ni desde la lectura interpretativa- escansiva, ni desde el amor en un modelo de caridad, buena voluntad o rescate. La genera desde una posición de sobreviviente al haber pasado por un trauma-zona de guerra y haber producido en ese pasaje significaciones clave de sobrevivencia que puede compartir (S1). Referencias indispensables para aproximarse a esta idea son los trabajos citados abajo de Gaudillière y Davoine, y de Aulagnier. Los primeros se aproximan en sus tesis a la idea de que el analista en posición de trabajo con el paciente en psicosis puede establecer un vínculo de inconsciente recortado a inconsciente recortado desde su propia historicidad recuperada –particularmente la recuperación de las zonas devastadas de su historia, ahí donde las palabras, el tiempo y el sentido se habían congelado y dejado de ser herramientas para vivir- y también desde sus producciones del inconsciente –sueños, imágenes fantaseadas. Su trabajo, criticado acremente por la ortodoxia psicoanalítica por lo arriesgado de sus propuestas, es sin embargo de una gran riqueza clínica y permite una reformulación de la transferencia en campos psicóticos. Por lo que respecta a Piera Aulagnier, su adición metapsicológica al modelo freudiano de la noción de proceso originario y la aplicación de esta noción al campo clínico de las psicosis, nos enseña también a ampliar los límites de lo que entendemos por interpretación, incluyendo formaciones venidas del modo de representación más arcaico (pictograma autoengendrado por el objeto-zona complementaria en el que la diferencia entre yo y no-yo no existe). En ese contexto, una interpretación puede ser una imagen de palabras que, tan parecidas a la representación-cosa freudiana como al significante que hace cadena, puedan dar cuenta de la vivencia de disolución en la que el ser padeciente puede o pudo encontrarse. El yo del analista hace de puente entre las formas arcaicas de representación, que conectan con la vivencia recortada del paciente, representada solo pictográficamente, y formas de representación en las que la fantasía y la racionalización permiten reestablecer lo que estaba fuera del sentido comunicable.
La intervención desde S1 como significante de imagen, pictograma en términos aulagnerianos, o como relato histórico transubjetivo de sobrevivencia, son intervenciones de therapôn: Se propone más que como una interpretación, como un puente que haga que lo no representado del trauma, lo unnerkant freudiano, encuentre primeras vías de inclusión en el sentido. Un puente para una instancia yoica que, en un momento anterior a ser entendida como el Yo del paciente, debería poder ser pensada como un yo de transición compuesto también por el Yo del therapôn y sostenido en el lazo transferencial de inconsciente a inconsciente entre él y el paciente.
¿Hacia dónde marcha el esquema que proponemos? Como puede apreciarse en la parte inferior derecha, el matema que ocupa el sitio de la producción, es decir aquello que sería producido como trabajo por el sujeto antes atrapado por un pathos sin palabras que puedan transformarlo en experiencia es justamente eso: un discurso, una narrativa (S2). El puente transferencial y las aportaciones del therapôn tienen como finalidad, precisamente, hacer posible que la situación pática derive hacia una psicopatología fundamental, es decir, hacia la apertura de la posibilidad de que el ser humano en tanto sujeto pueda hacer uso del fundamento del lenguaje para escribir activamente su experiencia (siendo este fundamento justamente que ante la carencia de fundamento del logos la actividad de representación es un fluir y resurgir constante S2- S3- Sn).
Un reto teórico, que en este ensayo solo se apunta, y que múltiples autores enfrentan desde diversas trincheras, es el de definir cuáles son las condiciones de producción y posibilidad de aquello que hemos propuesto llamar estados presubjetivos. La vastedad del campo aludido implica una gran variedad de consideraciones sobre la particularidad y la diferencia. Sin embargo ello no debe hacernos perder un referente común y basal: en todo caso estamos refiriéndonos a la relación existente entre lo que no ha podido ser integrado a la cadena discursiva y la posibilidad del sujeto de establecerse como agente activo del logos.
Hablamos aquí de un no-integrado a la cadena que no lo es por efecto de la represión – y por ello no se manifiesta en la forma de producción del inconsciente-; su aislamiento tiene que ver más con lo no inscrito, que Lacan propuso nombrar forcluído, y cuyo retorno o presentificación puede tomar muchas formas: la vivencia traumática del abuso que regresa como estado de pánico, lo escondido como vergüenza o secreto en una trama generacional que vuelve como lesión somática, la traición y la ruptura del honor en el vínculo y el mito que cohesiona a un grupo social que vuelve como estado psicótico, la guerra misma como aparición del horror extremo que retorna en la forma de vínculo perverso. En todos estos casos hablamos, a pesar de las diferencias, de efectos diferentes a los de lo inconsciente reprimido, frente a los cuales se forjó el dispositivo freudiano.
En todos estos casos hablamos de consecuencias similares: formaciones que difícilmente podemos nombrar sintomáticas en tanto no constituyen llamados a la interpretación sino mostraciones de lo imposible de articular. Esto incluye formas modales de nuestra época: modificaciones anoréxicas o quirúrgicas de la fisonomía, actos violentos contra sí o contra otros, estados de pánico recurrente que no ceden, formaciones dispersas de conducta y atención en niños –nombradas TDA-, formas inestables en adultos nombradas a veces como trastornos fronterizos o bipolaridad, etc, etc. Es decir, la manifestación de un pathos que parece no solicitar un saber que lo descifre, o en todo caso, que se gesta como un grito que no viene de un lugar de sujeto.

  1. Sentido y formación del lugar del therapôn
Describir el lugar del therapôn como diferente al del analista implica en primer lugar estar en posibilidad de preguntarnos por la formación y la transmisión como temas basales. ¿Cómo se deviene un terapeuta, en el sentido en que aquí lo elaboramos? O bien, ¿en qué condiciones puede desplegarse un aprendizaje –usando la palabra en el sentido más amplio- para ocupar la posición de therapôn?
Por supuesto, la primera respuesta concierne a nuestro pasaje personal por un proceso propio de reconocimiento, inscripción e integración de aquello que, debido a las condiciones particulares de nuestro devenir, no había sido integrado a la posibilidad de ser historizado. Es decir, cómo, con quién y hasta dónde transitamos nuestras propias zonas de devastación traumática. Una discusión delicada tendría que establecer si el cursar un psicoanálisis garantiza poder tomar el lugar de therapôn tal como lo hemos descrito. En primera instancia habría que considerar el lugar que en nuestra propia historia ha ocupado la violencia, el trauma, la locura, la guerra. Cada quien, en tanto persona y en tanto clínico está concernido y formado por ello de una manera distinta (pensemos solo en la particularidad de la teorización de los analistas que vivieron la experiencia directa de una guerra, como W. Bionviii). En segundo lugar, es determinante la genealogía formativa del o los analistas con quien hayamos decidido acudir. En nuestra experiencia, los analistas con experiencia de trabajo con psicosis e infancia pueden entrar en contacto con personas en estados presubjetivos con mucha menor dificultad que quienes no lo han hecho y de esta manera, transmitir en su estilo una escucha posible de lo inconsciente no reprimido. Una tercera consideración al respecto concierne a la posibilidad de pensar que las experiencias propiamente terapéuticas pueden no necesariamente ser cursadas en un marco analítico o psicológico. Si se ha atravesado un territorio de guerra en compañía de un therapôn -amigo, hermano, maestro-, se cuenta con una experiencia que, si ha podido dar lugar a una formulación experiencial y quizá complementada con un análisis posterior, puede brindar los elementos para llegar a ocupar ese lugar uno mismo. La condición aquí es que tras el trayecto de sobrevivencia y en compañía del therapôn se hayan producido imágenes clave que, en una elaboración posterior, hayan podido ser integradas a dispositivos pulsionales vitales para el terapeuta en tanto sujeto. Solo de esta manera podríamos pensar una cierta comunicabilidad de esas imágenes, tanto intrapsíquica como intersubjetiva, comunicabilidad necesaria para la labor de acompañamiento a la presubjetividad, esta vez como sujetos en tanto terapeutas. Por otra parte, en términos de temporalidad lógica, haber vivido la secuencia trauma - acompañamiento terapéutico - elaboración fornece al terapeuta de dos saberes necesarios para fungir desde ese lugar: el saber del colapso temporal cuando la presubjetividad rige, así como el paciente saber del ominoso tiempo requerido para llegar a establecer una subjetividad que integre en su estilo la marca del sobreviviente, tiempo estrechamente relacionado a la lógica de la escrituraix.
Otro aspecto importante a tratar respecto a la formación del terapeuta, toca a los aspectos que conciernen a las instituciones y sus mecanismos de transmisión. Se trata del hecho de que, dada la manera en que se labora en la clínica de los estados presubjetivos, casi siempre en contextos diferentes al consultorio, es frecuente que la intervención del therapôn no sea solitaria. Eso hace que la transmisión del saber-hacer clínico se enriquezca con un una modalidad que está restringida en el psicoanálisis típico: acá el aprendiz puede acompañar al therapôn más experimentado mientras actúa y aprender desde el acompañamiento del acompañante. El modelo de discipulazgo y del aprendizaje inter-pares para la transmisión clínica es una realidad que opera en el campo del que nos ocupamos, y podría ser objeto de desarrollos de investigación que redondeen el diseño de la formación de aquellos jóvenes clínicos cuyo deseo sea insertar su quehacer en el campo de la clínica de lo presubjetivo.
***
Hemos abordado en este texto la presentación y una primera formalización de un campo clínico al que hemos llamado estados presubjetivos, a la par de la caracterización de un lugar de operación distinto al del analista - en cuanto descrito en el discurso lacaniano del psicoanalista-, para el que proponemos la nominación de therapôn. Hemos pues abordado un Qué (el estado presubjetivo como desarreglo vincular donde alguien se ha localizado en un lugar de objeto-resto), un Quién (el clínico en posición de therapôn) y hemos abonado algunas ideas para el diseño de un Cómo (retomando propuestas de diversos autores). Hemos añadido también un Para Qué, la dirección que la Psicopatología Fundamental propone: el pasaje de un estado pático-pasivo a una posibilidad activa de formulación experiencial gracias a la presencia y escucha en actitud aproximativa de un clínico. Añadiremos por último una consideración sobre el Porqué.
Si el centro de gravedad de nuestro trabajo es la clínica, es la clínica la que nos guía ante nuevos retos que ponen a prueba nuestros modelos. Quizá no hayan aparecido propiamente nuevas formas de sufrimiento en nuestra época, pero seguramente sí somos testigos de nuevas distribuciones poblacionales de las modalidades de producción de pathos, y de nuevas formas de respuesta a ese pathos en el lenguaje y prácticas sociales. Ello nos compromete en tanto clínicos a ampliar el rango de nuestra escucha y acción. Múltiples articulaciones pueden ser establecidas entre los dos modelos de lazo clínico discutidos aquí: podemos hablar de la intervención del therapôn como pre-analítica en tanto puede crear las condiciones para un pedido de análisis tras el atravesamiento conjunto del campo de batalla y la creación de un relato épico en el que ya un sujeto del síntoma sea posible. Puede pensarse también en la intervención del therapôn como paralela a la del analista. En el trabajo con psicosis, acompañantes terapéuticos, analistas y psiquiatras laboran en equipo desde lugares complementarios y distintos. En un trabajo anterior describíamos cómo el acompañante cumple las funciones de contención, articulación discursiva y creación de nuevos espacios sociales, siendo un verdadero lugarteniente del paciente en situación de psicosisx y coadyuvando junto con el psiquiatra a generar las condiciones para que un logos reflexivo pueda ser desplegado en el encuentro del paciente con su psicoanalista. Por último, podríamos pensar quizá que un proceso analítico tiene momentos terapéuticos, que se incluirían como movimientos del analista fuera de la neutralidad determinados por el estado del paciente: algunas veces en el primer tiempo del encuentro, a veces en un momento intermedio de crisis. O que un analista puede situar su escucha en encuadres diferentes al consultorio, como un hospital, o modificar su forma de trabajo con ciertos pacientes, incluyendo la clínica ambulatoria.
En todo caso, desde la multiplicidad de articulaciones posibles y experiencias aisladas empezando a ser pensadas y compartidas, surge la necesidad de reformular nuestros modelos, conceptos y aplicaciones con el fin de crear un campo común de reflexión en diálogo dentro de la comunidad clínica. A este fin responde el trabajo que el lector tiene en sus manos, y cuya pertinencia determinará su buen juicio.





i GAUDILLIERE, J., DAVOINE, F. Histoire et trauma. París: Stock, 2006. ISBN 2-234-05839-2
ii TOSTA, M. Psicopatologia Fundamental. Sao Paulo: Escuta, 2000. ISBN 85-7137-166-0
iii AULAGNIER, P. El aprendiz de historiador y el maestro-brujo. Buenos Aires: Amorrortu, 1997. ISBN 95-518-481-6
iv AULAGNIER, P. La violencia de la interpretación. Buenos Aires: Amorrortu, 2001. ISBN 950-518-445-X
v RODULFO, R. El niño y el significante, Buenos Aires: Paidós, 1996. ISBN 950-12-4133-5
vi LACAN, J. El seminario XVII El reverso del psicoanálisis. Barcelona: Paidós, 1992. ISBN 84-7509-759-088-5
vii LACAN, J. El seminario X La Angustia. Barcelona: Paidós, 2008. ISBN 978-84-7509-088-7
viii BION, W. La tabla y la cesura. México: Gedisa,
ix Dialogamos aquí con Bejla Goldman y sus desarrollos sobre la relación entre trauma, escritura y sobrevivencia : GOLDMAN, B. Nuevos nombres del trauma. Buenos Aires: , 2010